El primer impacto visual de mi niñez ocurrió aquel día en el que por primera vez tuve conciencia de que mi padre no comía el arroz con leche como las demás personas. Mi padre, el gran depredador, engullía el festín de su postre a dos manos, portando en cada mano una inmensa cuchara sopera. Recuerdo que aquel día mi madre comenzó a reprenderle con suavidad. “Querido, ¿no te daría los mismo comer como las personas civilizadas?”. Mi padre objetó que él no se fijaba en cómo comían los demás, que llevaba toda la mañana trabajando y que el hecho de comer a dos manos no era un problema de civismo, como ella creía, sino más bien de habilidad.

    “Así comienza El infierno son los otros, una novela de iniciación que cuenta las vicisitudes de Quico, un chico de la clase media en busca de la normalidad imposible. El crío se enfrenta con sorpresa al mundo, primero a su familia, a ese padre, radical y apasionado, que se esfuerza por hacerle comprender lo que hay al otro lado de la normalidad. Quico oye misa todos los días; es, sin duda, un niño mimado que consigue lo que quiere, pero se siente irresistiblemente atraído por la pequeña violencia cotidiana. Aficionado a las bromas va descubriendo que la vida es, también, un homenaje a la agresividad y que, en cierto modo, el entendimiento entre los hombres se basa en eso. Descubre más cosas: sobre todo que entre el hombre y la mujer hay un constante malentendido.

   El pueblo donde pasa los primeros años de su vida, el colegio y Madrid son los escenarios de sus descubrimientos. Irónico, distante, pero nunca amargo, el autor describe sus primeras impresiones sobre la vida. Tal vez le cueste aprender a vivir, pero escribe estupendamente”.

Soledad Puértolas, académica de la Lengua

 

     “Tomás García Yebra (Madrid, 1956), que publica ahora su tercera obra narrativa, ha tenido en cuenta, sin duda, sus propias vivencias personales, finamente trasmutadas y reelaboradas, pero también se han incorporado voluntariamente a una tradición literaria en la que abundan las creaciones magistrales y que ofrece modelos imperecederos, desde Tow Sawyer hasta el estudiante Torless de Musil.

        García Yebra ha compuesto una imitación excelente (y no es preciso advertir que la palabra ‘imitacion’ no posee aquí ningún sentido peyorativo alguno ni excluye la originalidad), narrada con amenidad y buen ritmo. Por si fuera poco, el autor no cae en las trampas de la sintaxis compleja, y suele exhibir casi siempre una enunciación límpida. Por ello resulta incomprensible un desliz como ‘el primer aula’ (pág. 84) o la concordancia femenina de ‘volátiles’ (pág. 147). A cambio de estas dos mínimas máculas -una de las cuales, además, puede ser errata-, el lector podrá disfrutar con un lenguaje jugoso, al que se incorporan sin desmesura algunos usos coloquiales que pocas veces han llegado hasta el momento a la literatura.  Todo esto acredita buen oído, y también una sensibilidad lingüística envidiable que, en manos del autor, puede ser un instrumento poderosísimo”.

Ricardo Senebre, diario ABC